El valor de una mirada

El valor de una mirada

El valor de una mirada

Reflexiones y autoterapia.

El valor de una mirada

Justo cuando estoy sin inspiración para escribir en el blog, me encuentro con una situación inesperada, de estas que me tocan y me dejan reflexionando, al punto de no poder dormir o despertando al día siguiente con ella en la cabeza.

Me digo: «sería imperdonable no escribir sobre esto y compartirlo», ¡me está pasando a mí!, quizás no sea la única y juntos removamos consciencia.

Son las 19 horas, estoy llegando a casa con mis pequeños, ya programando lo que haríamos no bien pisáramos la casa … duchas, cena, un rato de tele, … Veo que un chico de unos 25 años, negro, sentado en la puerta de Cáritas donde se hace entrega de alimentos. Al vernos se pone de pie, y comienza a caminar en nuestra dirección … imaginé que se sintió avergonzado y se alejaba, pero justo cuando pasamos por su lado, oigo que me habla … Me detengo, lo miro, veo su ropa sucia, siento su mal olor, y vuelvo a escuchar su voz entrecortada, insegura, que se afinaba por momentos para luego volver a recuperarse, … me está pidiendo que le de algo,-«Tengo hambre, no tengo donde vivir»- me dice … Su mirada huidiza se encontraba brevemente con la mía, para rápidamente volver a perderse en la nada. A pesar de creer estar ante una persona hambrienta, y avergonzada por tener que pedir para comer, no puedo evitar enjuiciarlo, y desconfiar, pensar que se puede estar quedando conmigo, … que quizás me pide para luego gastarlo en alcohol… ¿Quizás? Y ahora me pregunto…¿y qué más da si se queda conmigo? ¿Qué me pasa con esto? Él pide, yo decido si le doy o no, pero … pretender que se lo gaste en lo que yo creo que necesita … ¿Por qué razón me creo que tengo derecho de decidir que es lo mejor para él? ¿Por qué lo infantilizo?

Decido dejar mi desconfianza a un lado y busco en mi cartera dinero, no encuentro más que monedas sueltas, … 1,50€, … obviamente ni para bocadillo… me da las gracias, le pregunto si está bien, con la intención de que me cuente cómo se siente, y él me contesta que no me preocupe, que seguirá pidiendo. Me da las gracias y se marcha, con la tranquilidad de quien no va a ningún lado.

Mis hijos sorprendidos por lo que acababan de presenciar, me colapsaban a preguntas, tan simples y que no sabía qué contestar…¿No tiene donde vivir? ¿Por qué te pidió dinero? ¿No ha comido? ¿Por qué tiene hambre?

Al llegar a casa busco corriendo una bolsa, agarro pan, dos latas de atún, leche, tres piezas de fruta… Los niños …

-¿Qué haces mamá?

-Busco algo de comer para darle a este chico, – respondí.

-¿Se lo llevarás? ¿Sabes dónde está?

Mi niña de 5 años se apunta a lo que ella vivía como una aventura y quiere acompañarme, toda emocionada, aunque también molesta porque acabo de poner en la bolsa un tenedor y un cuchillo de su colección de tenedores y cuchillos, … la miro y le digo: «Tenemos que compartir» y no fue necesario decirle nada más.

Salimos las dos en busca de nuestro amigo, mi chiquita se ofrece a llevar la bolsa, que aunque con pocas cosas para ella supone un gran esfuerzo. No sé donde buscar, imagino que puede estar por la zona del tren y no me equivoco. Lo veo de lejos, de pie en la puerta de la panadería, va y viene, mira hacia adentro pero no se decide a entrar, … al final se marcha. Nosotras corremos para no perderle el rastro, nos lleva unos cien metros de ventaja. Puedo sentir los pasitos de mi nena corriendo detrás de mí, me siento orgullosa de ella. En otras circunstancias habría estado quejándose de que voy muy rápido o que está cansada, pero ahora no, corre y corre porque también quiere alcanzar a ese chico.

Finalmente, llegamos hasta él, lo llamo, haciendo un chistido con mi boca, … se da la vuelta y con paso decidido viene hacia nosotras. Cuando lo tengo delante mío, observo unos grandes dientes blancos, detrás de una hermosa sonrisa, . En ese momento me siento avergonzada por lo que le doy y mi cara así lo deja entrever, su sonrisa se borra como un acto reflejo al ver la mía con ese gesto de pena… por lo que doy y por él. Me siento mal, no solo por lo que soy capaz de dar, sino también por borrar su sonrisa.

Me da las gracias, abre la bolsa, saca una fruta, le da un buen bocado y se marcha.

 

Lo que debo, lo que quiero, lo que se espera de mi. ¡Que lucha!

Lo que debo… está claro que ayudar, la pregunta es ¿Cuánto? ¿Qué es la generosidad? ¿Cuándo comienza? ¿Cuándo acaba?

Ahora recuerdo mis años de juventud … sentía esa necesidad de ayudar, me imaginaba en África, ayudando a vacunar niños, o enseñándoles a leer y a escribir. Ya aquí en España, como buena Integradora Social, me hubiera gustado poder ir al Sur a recibir pateras… me rio de mi… me surge… ¿Acaso no hay gente a mi alrededor que necesita ayuda como este chico que me encontré hoy? ¿Cual es la diferencia? ¿Qué si me voy a África es porque estoy decida a dar? Yo decido que quiero dar y en cambio aquí es un deber, una imposición, a menos que haga que no veo. ¡Me siento hipócrita! Quizás irse a África tiene más caché, si te vas a ayudar allí, tengo la creencia de que te ganas el título de «solidario del año», pero ayudar aquí carece casi de mérito…. entonces … ¿qué estoy buscando?…¿que me miren a mi?

Lo que quiero… yo quisiera invitarlo a mi casa, que se diera una buena ducha, lavar su ropa, ponerle un plato de comida y una cama donde pudiera descansar… quisiera conocerlo, saber cómo llegó hasta aquí, porque está en la calle, como es que su gente no lo ayuda, … me pregunto ¿Qué me detiene? Me doy cuenta de que me detiene el miedo, miedo a meter un extraño en mi casa, miedo de su olor, miedo a que me robe, miedo a que haga daño a mi familia. Me autoengaño, diciéndome que si tuviera mucho dinero no dudaría en ayudarlo, y me vuelvo a reír de mí, ¡si es que a su lado soy rica!.

Recuerdo que este año estuve siguiendo el programa de TV «Pekín Express» y una de las cosas que más me sorprendió es la hospitalidad de toda aquella gente, ¡cómo recibían a los participantes!, aún siendo de noche, no tenían tiempo para pensarlo mucho, y les ofrecían casa, comida, ducha, ¡todo! Personas muy humildes y que compartían todo lo que tenían. Me pregunto … ¿Dónde fue a parar el miedo de esta gente?, éste que a mi me paraliza y me detiene …

Y por si todo esto fuera poco, ¿Qué se espera de mi?, y aclaro que esto puede que sea solo una fantasía mía, y si es así le pido perdón a toda la sociedad en general, pero esto que voy a contar habita en mí, y eso no lo puede cambiar nadie, me pasa a mí … ¡está en mí!.

Hay una imagen que se me repite … es la cara de mis vecinos si me ven paseando a un indigente por las escaleras de nuestra comunidad … me imagino que no les gustaría nada. Creo que lo que se espera de mí … pues que cuide a los míos, que no los exponga, que cuando vea a alguien como este chico haga que no lo veo, o que lo ayude pero no demasiado, no sea que se acostumbre, no sea que lo tengamos por aquí merodeando todos los días, no sea que atraiga a más…

En fin … me pregunto cuanto me diferencio de los políticos, dando ayudas de esas que no van a ningún lado, de esas que son «pan para hoy y hambre para mañana», como me dijo mi hijo al día siguiente, «Mamá… yo creo que lo que le diste a ese chico hoy ya no lo tiene»… Si un niño de 7 años es capaz de llegar a este razonamiento, ¡como es que los adultos no! Nuevamente lo que ocurre es que no queremos ver.

¿Con qué me quedo? Me quedo con el entusiasmo de mi hija por querer ayudar, el ¡plaf!, ¡plaf! de sus zapatos al golpear el suelo corriendo por la calle, su carita de aceptación cuando su cuchillo y tenedor se marchaban para ya no regresar — me quedo con la cabecita de mi hijo asomándose por el balcón preguntándome a gritos si había encontrado a ese chico, y sobre todo preocupándose de si se había puesto contento. Yo … yo sigo meditando todo este asunto, que hoy tengo un poco más claro, … ahora sé que si mañana me lo encuentro, tengo la posibilidad de hacer lo mismo, o cambiar, quizás hacer algo más por él, ahora con la consciencia de para qué hago o dejo de hacer cosas por los demás.

Y alguno se preguntará qué tiene esto de terapéutico, creo que este es un buen ejemplo de cómo funciona la Terapia Gestalt. Cuándo tenemos un conflicto, algo no resuelto, lo que hacemos es indagar en lo que sentimos, en las emociones, las sensaciones que se nos despiertan, hacemos consciente todo lo que nos pasa con la situación en concreto, para darnos cuenta, para conocernos, y así se diluyen los miedos, se disuelve la angustia, y podemos continuar nuestra vida si no es con las cosas resueltas por lo menos más claras.

 

Por eso ... ¡Cuánto valor tiene una mirada! para el que la recibe, para el que la da, y para el que tiene el valor de mirarse a sí mismo.

Carina L.Cervino Coria.

Terapeuta Gestalt

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