Caminando por la cornisa

Caminando por la cornisa

Caminando por la cornisa

Entre mamá, amiga y terapeuta.

El acompañamiento. Caminando por la cornisa.

No salgo de mi asombro cuando constato una y otra vez cuánto aprendo de mis relaciones, ya sea como madre, cuando me doy el tiempo para observar, tomar consciencia de las situaciones cotidianas y darme cuenta una vez más como mis hijos hacen de maestros, claro, no siempre me tomo este tiempo.

Como amiga, en esas charlas interminables, muchas de ellas triviales y otras en profundidad, entre cotilleos y confidencias.

Y ni que decir como terapeuta, donde cada cliente me trae sus vivencias, en la que muchas veces me veo reflejada, y en otras me adentran en un mundo desconocido, en el que de alguna forma me permiten experimentar con sensaciones, emociones y fantasías.

El otro día mantuve una conversación con una amiga por medio de WhatsApp, donde ella me expresaba su cansancio y agotamiento. Su niño de tres años últimamente se mostraba reacio y «antisocial», «- creo que esta muy mimado- me decía», continuó contándome que había acudido a tres fiestas y en ninguna se lo pasaba bien, lloraba al tiempo que se enredaba entre sus piernas, y pronunció una frase que me llamó la atención, «es mi hijo y se supone que debería aguantarlo».

Y aquí es donde nace el titulo de este articulo, me veo liada entre estos tres roles que cumplo, el de mamá, amiga y terapeuta.

Como mamá puedo decirle, a mi amiga, que yo muchas veces, y más de las que quisiera tampoco aguanto a mis hijos. Hay días que me es muy difícil ser mamá, y es así!, no es falta de amor. Hay días en los que las peleas, las faltas de respeto, las comidas donde siempre termina algo derramado, las duchas a las que se resisten y luego se vuelven interminables, ufff! … y así podría dar una lista inacabable de momentos en los que me superan.

Y si, al fin y al cabo…esto es ser mamá. Aun recuerdo, y no hace mucho de esto, cuando quería parecer la mamá perfecta y solo podía parecerlo porque nunca lo conseguía. La pregunta es…¿ y para que? o ¿para quien? ¿¿¿alguien me iba a dar alguna medalla???.

Llegados a este punto vuelvo a revisar la frase de mi amiga…» es mi hijo y se supone que debería aguantarlo» ¿…quien lo supone?, ¿ tú?, ¿tu familia?, tus amigos?, ¿la sociedad en general? ¿…de dónde viene esto??? ¿¿¿Aguantar???…que cansado se me hace, somos mamás y también somos humanas, nos cansamos y nos agotamos como cualquier persona de este mundo tenga o no tenga hijos!.

Permitámonos gritar que estamos HARTAS!, seguro que así renovamos fuerzas para continuar, porque AMOR POR NUESTROS HIJOS ES LO ÚNICO QUE NO NOS FALTA.

Como amiga no puedo más que darle animo, tu puedes! te entiendo y no sabes cuanto, y desde aquí también animarla a gritar su hastío, su cansancio, su agotamiento, y su necesidad de descanso. Olvidar los «debería» y mimar sus necesidades, como mamá, hija, mujer y esposa, que es.

Como terapeuta le conteste: «sea lo que sea lo que le pasa a tu hijo, es lo que a día de hoy le toca vivir y está claro que no le es fácil, acompáñalo, dale seguridad, no es necesario que le recrimines por no hacer lo que tú esperas de él».

Aquí retomo el concepto de acompañamiento que últimamente lo veo tanto, en artículos de escuelas vivas o de educación emocional. Me fue muy fácil verlo mientras le daba esta visión a mi amiga y se me ocurrió este ejemplo gráfico para explicar lo que es el acompañamiento a un hijo en momentos difíciles:

«Si de repente te dieras la vuelta y vieras a tu hijo caminando en medio de una cornisa a 100 metros de altura, muerto de miedo, llorando, que harías?»

A. ¿Recriminarle a gritos y enfadada cómo ha llegado ahí? Adelantándole que se caerá, se lastimará o se va a matar.

B. Ignorarlo, ya que nadie lo mandó a subirse ahí. Y si se hace daño, que se aguante.

C. Te acercas a una distancia prudencial para que te escuche, lo tranquilizas y le das ánimo, seguridad y confianza en él mismo para que llegue sano y salvo al final de la cornisa?

Caminando por la cornisa

Creo que la opción que tomarías es bien clara, la C. Nuestros hijos no necesitan que los recriminemos, ni con palabras e incluso ni con nuestras miradas desaprobadoras, nuestros hijos necesitan que los acompañemos y les demos seguridad y confianza como si «caminaran por una cornisa», aunque el miedo nos supere, aunque nos gustaría que las cosas sean diferentes, aunque experimentemos rabia y enfado. Lo que nos toca como padres es transitar, vivir, dar espacio a estas emociones en pro del bienestar de nuestros hijos.

Desde aquí, comienzo a mirar hacia mi y me pregunto: «¿ y por casa como andamos?», me doy cuenta entonces con qué facilidad soy capaz de ver cosas en los demás y cuanto me cuesta verlas en mi. El caso de mi amiga bien puedo aplicarlo a cualquier situación de mi vida cotidiana, cuando mi hijo adolescente se pone contestón, cuando me cuesta entenderlo, o cuando mi pequeño de 5 años llora por todo, cuando mi niña entra en cólera, o cuando mi hijo de 7 le cuesta lanzarse a lo desconocido. Pues creo que tengo tarea para casa, y aclarar que los cambios no se producen de la noche a la mañana, todo es un proceso… poco a poco.

Pues si, la clave está en acompañarlos, porque AMOR, AMOR ESTÁ CLARO QUE NO NOS FALTA!.

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